Un día
en las profundidades del mar vivía un
pez sargo; siempre salía a hacer una excursión
y por el camino se iba encontrando con algunos
de sus conocidos; él tenía tenia
muy buenas relaciones, Cada uno le decía
que tuviese cuidado ya que en algunos lugares
habían fuertes corrientes que podrían
llevarle a lugares desconocidos y así perderse
para siempre.
A
pesar de las advertencias, el pez, que era muy
curioso, fue explorando parajes nuevos; encontró una
piedra muy grande donde habían algas,
corales de distintos colores y formas, bancales
de pececitos que iban de un lado para el otro
juntos. Se quedó sorprendido al observar
estos maravillosos lugares. A la vuelta de su
larga expedición por el mar, a lo lejos
vio algo que brillaba con intensidad, al acercarse
vio que simplemente era una botella, pero en
su interior había como un simple remolino.
Por eso decidió recoger la botella y llevársela
para casa y examinarla así más
detenidamente. Llegó con la botella sujetada
a su aleta derecha, la dejó encima de
la mesa del comedor y fue a prepararse la comida.
Mientras comía pensaba qué podía
haber en aquella misteriosa botella de cristal
que se había encontrado en aquel lugar
tan perdido y decidió acabar con rapidez
y abrir la botella tras haber comido.
Cuando
salió de la cocina y llegó al comedor
vio la botella tirada en el suelo y fue cuando
se extrañó y pensó que podía
haber algo interesante; no obstante, por un momento
también pensó que podía
haber sido un accidente causado por una pequeña
corriente marina.
Fue al
patio trasero de su casa para que así pasara
lo que pasara nadie lo pudiera ver, aunque él
tampoco esperaba encontrar nada del otro mundo.
Cuando abrió la botella misteriosa salió u
remolino pequeño que al poco rato fue
convirtiéndose en uno más grande
hasta que finalmente de dentro salió un
pez luna. El pez sargo quedó absorto con
la escena que acababa de presenciar. Nadie iba
a creer lo que él había visto con
sus propios ojos.
Al
salir aquel pez luna de la botella se dirigió al
pez sargo y dijo que no se asustara, que no le
iba a hacer nada solo quería darle las
gracias por haberle salvado de aquella botella.
Entonces el pez sargo extrañado le preguntó que
hacía allí dentro. El pez luna
agradecido no tuvo problema en explicárselo
y le dijo que había sido encerrado por
un pez globo que tramaba un plan maligno y por
no poner en peligro su hazaña acabó con él
de esa manera. El pez sargo todavía sorprendido
por aquella aparición le preguntó que
por qué aquel pez globo había podido
encerrarle en aquella botella y a esto le respondió el
pez luna, que aquel pez maldito era mago, tenía
poderes y como yo era muy atrevido me decidí ha
investigar.
En
mi barrio la gente cuchicheaba que podía
suceder algo y junto a mis mejores amigos descubrí que
pretendía contaminar el mar y hacerse
con todo el poder. A mi me atrapó pero
los demás consiguieron llegar a tiempo
de evitar esa gran catástrofe y pudieron
pararle los pies. Sé que me intentaron
buscar una vez pasó la tormenta, pero
aquí era el último sitio en el
que me iban a buscar, hasta que llegaste tu y
me encontraste por casualidad.
El
pez luna le dijo que antes cuando había
encontrado la botella en el suelo había
sido él quien la había tirado para
que se diera cuenta que allí había
vida, de que algo extraño sucedía,
que todo estaba hecho intencionadamente.
Nadie
sabía que el pez globo era mago solo él
lo sabía y por eso le pidió máxima
prudencia al pez sargo, ya qué si no le
tratarían como a un loco o hablarían
mal de él, porque todo eso no era algo
muy común y creíble por aquella
zona en la que se había liberado.
El
pez sargo se quedó sorprendido de la forma
en que lo explicaba pero al mismo tiempo le daba
toda la razón porque él se lo creía.
Después
de haberle dicho todo lo que le había
ocurrido, en agradecimiento por haberle salvado
de la botella le dio una concha mágica
que le había robado al pez globo y le
dijo que esa concha era mágica pues siempre
que la llevase encima le daría suerte
y salud que era lo principal en todas las vidas.
Por fin,
el pez luna pudo regresar a ver a su familia
después de tres años encerrado
en esa botella y fue a menudo a visitar a aquel
pez sargo que un día le devolvió la
libertad
Alejandro
Tascón Expósito