La tortuga ámbar
Había
una vez una pequeña tortuga llamada Ámbar
que le gustaba mucho, mucho investigar, mirar
y buscar todo tipo de cosas.
Un buen
día la tortuga, mientras viajaba con sus
amiguitas en las profundidades del mar Índico,
vio a un pececito multicolor y se decidió a
seguirlo. Como el pececito era muy bonito lo
siguió y lo siguió para intentar
ver más de cerca todos sus colores y poder
contemplarlo mejor. Lo que pasa es que la pequeña Ámbar
no se dio cuenta de lo mucho que se estaba alejando
de su grupo y cuando al fin perdió de
vista al pequeño pececillo y pudo darse
cuenta de lo mucho que se había alejado
de sus amigas, fue demasiado tarde y se encontró perdida
y desorientada en medio del océano.
La
pequeña ambar se puso nerviosa lo que
aún dificultó más su situación
y empezó a nadar con todas sus fuerzas
en la direción que creyó correcta.
Nadó, nadó y nadó.... Vió pasar
bancos de peces en diversas direcciones, vio
un grupo de ballenas a lo lejos, vio pasar por
encima de ella un inmenso barco, un trasatlántico
de más de treinta metros de eslora, la
succión de sus hélices estuvo apunto
de costarle un disgusto pero a duras penas consiguió liberarse
de ellas. Nadó hasta que no le quedaron
fuerzas y una vez llegado a ese punto se dejó llevar
por las corrientes marinas.
El
tiempo pasó y más de dos veces
vio salir y ponerse el sol sobre su cabeza. Ámbar
era muy pequeña, había perdido
todas sus fuerzas y llevaba ya varios días
sin comer y sin ver a ninguna de las tortugas
de su manada. Al cuarto día cuanda hasta
la propia Ámbar era consciente de que
su más que probable destino era la muerte,
y pese a eso podía estar realmente orgullosa
de que aún no hubiese sido devorada por
ningún depredador marino, se dio cuenta
de que algo en aquellas aguas lejanas le era
familiar. Las aguas eran poco profundas, la arena
del fondo tenía un color peculiar y las
aguas eran más opacas y más bien
sucias.
Además
podía observar a su alrededor unas tres
o cuatro embarcaciones, no sabía dónde
estaba, pero sabía que no era normal y
que no estaba en medio del océano.
De
repente, mientras nadaba se quedó enganchada
a una especie de tela, que le impedía
avanzar, virar o hacer cualquier movimiento:
debilitada como estaba y con la confusión
dejó de pelear y de tratar de salir de
la red ya que solo conseguía hacerse daño.
La pequeña Ámbar había quedado
atrapada en una red de pescado y, al poco rato,
perdió la poca fuerza que le quedaba y
dejó de luchar, y ahí quedó atrapada
esperando que algo pasara o simplemente le llegara
la muerte.
Pasado
mucho rato, pero sin tener consciencia del rato
que llevaba ahí, se percató de
que se movía. La tela extraña a
la que estaba enganchada la llevaba a alguna
parte. Ámbar no era consciente de que
la embarcación estaba recogiendo las redes.
Una vez en el barco los pescadores abrieron las
redes y dejaron caer todo el pescado, mientras
dejaban la red con Ámbar aún enganchada
y sin que nadie se percatara de su presencia
o simplemente no le dieran importancia. Una vez
en tierra firme, un pescador se dedicó a
poner a punto las redes, a desenredarlas y a
mirar que no hubiese ningún agujero y
arreglarlas para dejarlas listas para la siguiente
faena. Mientras lo hacía, descubrió a Ámbar
enganchada en uno de los agujeros de la red,
pero, como ya estaba muy cansada y tenia ganas
de acabar, decidió sacarla de ahí a
tirones y de mala manera hasta que consiguió que
se soltase de la red provocándole grandes
heridas. Éste se marchó dejando
a Ámbar en el suelo.
Por
suerte para Ámbar, un chico que pasaba
por ahí la vio tirada en el suelo, la
recogió y la llevó a una especie
de piscina. Allí, ya practicamente muerta, Ámbar
recibió asistencia y notó como
le tocaban la herida y le ponían sustancias
extrañas. Pero estaba tan débil
que apenas podia moverse y mucho menos escapar,
así que siguió esperando.
Poco a
poco, se percató de que se iba sintiendo
mejor y parecía que empezaba a reponer
fuerzas y sentía mejor su aleta. Con el
paso del tiempo y cuando Ámbar se sentía
que volvía a estar bien de fuerzas, energias
y prácticamente había recuperado
su aleta delantera izquierda; de repente, un
hombre la cogió y la metió en una
piscina mayor en donde había otras tortugas.
Allí pasó unos
meses más, ya recuperada de sus lesiones
y de su peculiar i triste aventura, nadando y
conviviendo con otras tortugas; a algunas de
las cuales les faltaban diferentes extremidades
o tenían deteriorado su caparazón. Ámbar
consiguió hacer buenas amigas y conversando
con ellas pudo saber que se encontraba en un
centro de recuperación de animales marítimos
y que los responsables de éste la habían
salvado de una muerte segura, y que estaría
ahí hasta que se recuperara del todo y
las manadas de tortugas volvieran a las costas
australianas a poner sus huevos.
Efectivamente
ocurrió así. Con el tiempo, la
pequeña Ámbar fue liberada en las
costas australianas y se reencontró con
su familia. De esta manera lo que podía
haber sido una triste historia de una pobre tortuga
desorientada; se convirtió en la historia
de la tortuga Ámbar. La tortuga que se
salvó gracias a la colaboración
de un pequeño grupo de amigos del mar.
Daniel
Calvo Padrós