Un buen
amigo, el mar.
Aída
era una niña de diez años. Vivía
delante de la catedral del Mar, en Barcelona.
Siempre corría y jugaba en la entradita
de su casa con los coches de miniatura, etc.
Era la niña más alegre y divertida
del barrio, por no decir de la ciudad. También
era un poco gamberrilla, ya que siempre le quitaba
las manzanas al frutero de al lado de su casa.
El hombre siempre se enfadaba, y soltaba barbaridades.
Ella siempre había pensado que aquel hombre
no era buena persona, ya que había visto
pegarle repetidamente a su hijo sin justificación.
Su
padre era pescador, y un horroroso día
se cayó a la deriva y el mar se lo tragó.
Su madre entró en una gran depresión
por la muerte de su marido.
Pasaron
meses y su madre seguía igual; callada,
apenas comía y cada vez estaba más
delgada y débil. Pero un buen día
cuando llegó del colegio, vio que su madre
estaba distinta. Tenía una sonrisa en
la cara, y se movía de forma diferente.
Ella se alegró, pero no se imaginaba lo
que estaba pasando. Ella solo veía que
su madre volvía a ser la de antes, siempre
con una sonrisa en la cara.
Al
cabo de una semana, intrigada por aquel cambio
de humor, Aída le preguntó a su
madre, después de una leve sonrisa y unos
cuantos sopletos le contestó que se había
enamorado. Aída sonrió y le preguntó que
de quién. Carmen, soltando otra de sus
sonrisas le dijo que se había enamorado
del frutero que había al lado de su casa.
También le dijo que llevaban un mes saliendo
y que él le había pedido que se
casaran. Ella había contestado que si.
Carmen
se fue a dar una vuelta y Aída se quedó sola
en casa. Estaba aturdida y hasta aterrorizada.
Aquel hombre al que le quitaba la fruta y le
contestaba de aquella mala manera, era su futuro
padrastro. Hombre que pegaba hijo de tal manera
no podía ser bueno para su madre.
Pasó unos
meses y su madre y su futuro padrastro acordaron
la fecha de bodas. Su madre estaba cada vez más
contenta y Aída más aterrorizada
y atemorizada. Cada vez que salía del
portal y veía a aquel hombre y pensar
que después de la boda iban a vivir en
el mismo piso, se ponía enferma.
Intentó hacer
recapacitar a su madre, pero se dio cuenta que
el refrán "el amor es ciego" se
cumple en más de una ocasión.
Su
madre se casó y al día siguiente
llegó Javier, que era como se llamaba
su padrastro, Iván y Miguel que serian
sus hermanastros.
Su
madre, cuando pasó un tiempo, seguía
tan feliz como el primer día.
Cada día
cuando llegaba de la escuela, la encontraba,
con un disco de música clásica
bailando con la escoba y cantando ¡Javier,
Javier!.
Pero
al día siguiente, también cuando
llegaba de la escuela vio a su madre, en una
esquina de su casa llorando, con la mano ensangrentada.
Se abalanzó corriendo al lavabo y le acercó unas
gasas. Después de curarle le preguntó que
le había pasado. Ella, muy nerviosa le
dijo que se había cortado con el cuchillo
del pan. A Aída le costó creerse
las excusas de su madre.
Lo
primero que le pasó por la cabeza al ver
a su madre de aquella manera fue lo que le había
hecho su padrastro.
Al
cabo de un ratito su madre salió a comprar
plátanos y patatas a la tienda de su marido
para la cena. A la vuelta se le confirmaron las
sospechas a Aída, su madre venía
con el ojo morado y llorando. Le dijo que se
había caído por las escaleras pero
ya no se la creía. Corriendo, fue a la
tienda y le empezó a gritar a Javier.
Le decía que qué le había
hecho a su madre y que si pensaba matarla. Javier
se puso rojo, dejó caer la bolsa que tenía
en las manos y empezó a correr para el
piso. Al llegar a él, le empezó a
gritar, que qué le había dicho
a su hija, que la pegaba por su bien y que no
le dejaba otro remedio que agredirle. Su madre
se echó a llorar y no se quedó atrás,
también le empezó a insultar. Su
marido, sin pensar, cogió el cuchillo
que había encima del mármol y se
lo clavó en la médula. Se derrumbó y
se murió en el acto.
Aída
salió como una bala del cañón
y se fue a la comisaría. Los agentes fueron
corriendo a su casa, pero ya no se pudo hacer
nada para salvar la vida de su queridísima
madre.
De
repente una forma de tranquilizarse y desahogarse
sencilla. Se haría amiga del mar. Aunque
no le contestara, siempre estaría dispuesta
a escucharle y así se quitaría
de todas las penas que llevaba encima.
Estuvo
hablando con él un buen rato hasta que
llegó la hora de ir a casa, coger sus
cosas y mudarse a casa de su abuela. También
estaba desolada. Era la madre de su padre, el
pescador. Aún estaba aturdida por la muerte
de su hijo, que ahora tenía que soportar
la muerte de su nuera, que la consideraba como
una hija suya.
De
golpe, Aída le dijo a su abuela que no
se había acordado, pero que había
quedado con un amigo.
Salió disparada
de casa de su abuela, y recorriendo un par de
calles, llegó al lugar donde vivía
su amigo. Era la playa, era la playa, y su mejor
amigo era el mar.
Así comenzó una
larga y muy buena relación en que ella
le contaba todas sus penas, alegrías o
solamente lo que le había pasado hoy.
Era su mejor amigo, no cabía duda, pero
un amigo con el que no podía hablar y
eso, al final, se echa de menos.
Después
de meses de abrirle el corazón, echó a
faltar una persona con la que pudiera tener una
conversación. Quería una persona
que le contestara. Con ese pretexto se hizo amiga
del hijo de la pescadera. Lo conoció mientras
paseaba por la playa. Su madre vendía
pescado allí y él le ayudaba.
Solo
había un inconveniente. Aída temía
que el mar se enfureciera ya que le había
dejado por otro. Y así fue. Cuando tenía
la intención de contárselo, se
levantó un temporal muy fuerte y se lo
impidió. Ella lo tomó como un enfado
y no volvió a hablarle en un tiempo.
La última
vez que le habló, ha sido hace una hora.
Es el gran día. Hoy se casan Aída
y Luís, que es como se llama el hijo de
la pescadera. Cuando se conocieron, hace ya 17
años eran solo amigos. Pero como el roce
hace el cariño, se han acabado enamorando
y casando.
Aída
estudió magisterio y da clases de castellano
en un instituto de Barcelona y Luís es
representante de una compañía alimenticia.
Pero como
los amigos son muy importantes y es malo perderlos,
Aída intentó hablar con el mar
y consiguió que parara su furia. Fue su
testigo de bodas y así, acabaron todos
felices.
Víctor
Godino Olmo