IV
PREMI LITERARI
INFANTIL-JUVENIL NOSTROMO
setembre 2007
VEREDICTE DEL JURAT

Tercer premi: Un buen amigo, el mar
                    de Victor Godino Olmo
                    IES Ramón Berenguer IV
                    Sta Coloma de Gramenet.
Un buen amigo, el mar.


   Aída era una niña de diez años. Vivía delante de la catedral del Mar, en Barcelona. Siempre corría y jugaba en la entradita de su casa con los coches de miniatura, etc. Era la niña más alegre y divertida del barrio, por no decir de la ciudad. También era un poco gamberrilla, ya que siempre le quitaba las manzanas al frutero de al lado de su casa. El hombre siempre se enfadaba, y soltaba barbaridades. Ella siempre había pensado que aquel hombre no era buena persona, ya que había visto pegarle repetidamente a su hijo sin justificación.

   Su padre era pescador, y un horroroso día se cayó a la deriva y el mar se lo tragó. Su madre entró en una gran depresión por la muerte de su marido.

   Pasaron meses y su madre seguía igual; callada, apenas comía y cada vez estaba más delgada y débil. Pero un buen día cuando llegó del colegio, vio que su madre estaba distinta. Tenía una sonrisa en la cara, y se movía de forma diferente. Ella se alegró, pero no se imaginaba lo que estaba pasando. Ella solo veía que su madre volvía a ser la de antes, siempre con una sonrisa en la cara.

   Al cabo de una semana, intrigada por aquel cambio de humor, Aída le preguntó a su madre, después de una leve sonrisa y unos cuantos sopletos le contestó que se había enamorado. Aída sonrió y le preguntó que de quién. Carmen, soltando otra de sus sonrisas le dijo que se había enamorado del frutero que había al lado de su casa. También le dijo que llevaban un mes saliendo y que él le había pedido que se casaran. Ella había contestado que si.

   Carmen se fue a dar una vuelta y Aída se quedó sola en casa. Estaba aturdida y hasta aterrorizada. Aquel hombre al que le quitaba la fruta y le contestaba de aquella mala manera, era su futuro padrastro. Hombre que pegaba hijo de tal manera no podía ser bueno para su madre.

   Pasó unos meses y su madre y su futuro padrastro acordaron la fecha de bodas. Su madre estaba cada vez más contenta y Aída más aterrorizada y atemorizada. Cada vez que salía del portal y veía a aquel hombre y pensar que después de la boda iban a vivir en el mismo piso, se ponía enferma.

   Intentó hacer recapacitar a su madre, pero se dio cuenta que el refrán "el amor es ciego" se cumple en más de una ocasión.

   Su madre se casó y al día siguiente llegó Javier, que era como se llamaba su padrastro, Iván y Miguel que serian sus hermanastros.

   Su madre, cuando pasó un tiempo, seguía tan feliz como el primer día.
Cada día cuando llegaba de la escuela, la encontraba, con un disco de música clásica bailando con la escoba y cantando ¡Javier, Javier!.

   Pero al día siguiente, también cuando llegaba de la escuela vio a su madre, en una esquina de su casa llorando, con la mano ensangrentada. Se abalanzó corriendo al lavabo y le acercó unas gasas. Después de curarle le preguntó que le había pasado. Ella, muy nerviosa le dijo que se había cortado con el cuchillo del pan. A Aída le costó creerse las excusas de su madre.

   Lo primero que le pasó por la cabeza al ver a su madre de aquella manera fue lo que le había hecho su padrastro.

   Al cabo de un ratito su madre salió a comprar plátanos y patatas a la tienda de su marido para la cena. A la vuelta se le confirmaron las sospechas a Aída, su madre venía con el ojo morado y llorando. Le dijo que se había caído por las escaleras pero ya no se la creía. Corriendo, fue a la tienda y le empezó a gritar a Javier. Le decía que qué le había hecho a su madre y que si pensaba matarla. Javier se puso rojo, dejó caer la bolsa que tenía en las manos y empezó a correr para el piso. Al llegar a él, le empezó a gritar, que qué le había dicho a su hija, que la pegaba por su bien y que no le dejaba otro remedio que agredirle. Su madre se echó a llorar y no se quedó atrás, también le empezó a insultar. Su marido, sin pensar, cogió el cuchillo que había encima del mármol y se lo clavó en la médula. Se derrumbó y se murió en el acto.

   Aída salió como una bala del cañón y se fue a la comisaría. Los agentes fueron corriendo a su casa, pero ya no se pudo hacer nada para salvar la vida de su queridísima madre.

   De repente una forma de tranquilizarse y desahogarse sencilla. Se haría amiga del mar. Aunque no le contestara, siempre estaría dispuesta a escucharle y así se quitaría de todas las penas que llevaba encima.

   Estuvo hablando con él un buen rato hasta que llegó la hora de ir a casa, coger sus cosas y mudarse a casa de su abuela. También estaba desolada. Era la madre de su padre, el pescador. Aún estaba aturdida por la muerte de su hijo, que ahora tenía que soportar la muerte de su nuera, que la consideraba como una hija suya.

   De golpe, Aída le dijo a su abuela que no se había acordado, pero que había quedado con un amigo.

   Salió disparada de casa de su abuela, y recorriendo un par de calles, llegó al lugar donde vivía su amigo. Era la playa, era la playa, y su mejor amigo era el mar.

   Así comenzó una larga y muy buena relación en que ella le contaba todas sus penas, alegrías o solamente lo que le había pasado hoy. Era su mejor amigo, no cabía duda, pero un amigo con el que no podía hablar y eso, al final, se echa de menos.

   Después de meses de abrirle el corazón, echó a faltar una persona con la que pudiera tener una conversación. Quería una persona que le contestara. Con ese pretexto se hizo amiga del hijo de la pescadera. Lo conoció mientras paseaba por la playa. Su madre vendía pescado allí y él le ayudaba.

   Solo había un inconveniente. Aída temía que el mar se enfureciera ya que le había dejado por otro. Y así fue. Cuando tenía la intención de contárselo, se levantó un temporal muy fuerte y se lo impidió. Ella lo tomó como un enfado y no volvió a hablarle en un tiempo.

   La última vez que le habló, ha sido hace una hora. Es el gran día. Hoy se casan Aída y Luís, que es como se llama el hijo de la pescadera. Cuando se conocieron, hace ya 17 años eran solo amigos. Pero como el roce hace el cariño, se han acabado enamorando y casando.

   Aída estudió magisterio y da clases de castellano en un instituto de Barcelona y Luís es representante de una compañía alimenticia.
Pero como los amigos son muy importantes y es malo perderlos, Aída intentó hablar con el mar y consiguió que parara su furia. Fue su testigo de bodas y así, acabaron todos felices.


Víctor Godino Olmo
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