Un Viaje
Al Fin Del Mundo: Las Bermudas
Era
aquel un lugar de mala muerte donde la vida de
muchos marineros se truncaba. Me refiero a aquel
lugar de las Américas, el Nuevo Mundo.
La fortuna de nuestra querida España aumentaba
gracias a ese territorio virgen lleno de plata
y oro. Pero no es ese el tenebroso lugar al que
me refiero sino a unas islas al norte, en territorio
de los herejes. Como bien deben vuestras mercedes
comprender me refiero a los malditos ingleses,
y que me cuelguen sino eran malditos). El destino
al que me refiero son las Islas Bermudas, más
conocidas como el triángulo de las Bermudas.
Sólo con pronunciarlo me parece que la
tierra se estremece.
Me
presento, soy Diego Copons, natural de la antigua
Tarraco, soy capitán al servicio de mi
monarca el gran Felipe, rey de España.
Lo de gran lo digo por decir, que de grande no
tiene nada y, pardiez, de rey tanto como yo.
Os hablo del año 1620, cuando España
era potencia mundial pero en decadencia ya que
lo único que le quedaba y que la mantenía
era el dinero que llegaba de América,
y es que como Quevedo escribió en uno
de sus poemas, y que a mi más me agrada,
es:
Nace en
las Indias honrado,
Donde el
mundo le acompaña;
Viene a
morir a España,
Y es de
Génova enterrado.
Y pues
quien le trae al lado
Es hermoso,
aunque sea fiero,
Poderoso
caballero
Es don
Dinero
Más
valen en cualquier tierra
(Mirad
si es harto sagaz)
Sus escudos
en la paz
Que rodeas
en la guerra.
Pues al
natural destierra
y hace
propio al forastero,
Poderoso
caballero
Es don
Dinero
Les
cuento esto para iniciar la odisea que corrí hasta
llegar a las islas en cuestión, con todos
sus pormenores.
Yo
era un joven al que un golpe de fortuna le dio
el puesto de capitán. Como español
que soy era temerario y curioso, dos factores
que juntos eran igual a aventura. En esos tiempos
corría la voz sobre unas islas de las
cuales nadie había salido, como una bruma
de la cual jamás puedes salir. Algunas
se atrevían a decir que era la unión
de la tierra con el mismo infierno aunque nadie
había vuelto para contarlo.
Las
cercanías de las islas estaban siempre
rodeadas de restos de embarcaciones naufragadas
pero nunca con cadáveres. Aquellas islas
como anteriormente he mencionado eran Las Bermudas.
He
de reconocer que esas historias estremecían
pero a la vez despertaban mi curiosidad sobre
su veracidad. Así que, como en sus tiempos
hizo Cristóbal Colón, me dirigí a
la Reina proponiéndole una temeraria empresa:
descubrir el secreto de Las Bermudas y salir
vivo de ellas para contarlo. Esta fue la conversación:
-¿Y
què ganaría yo si se cometiera
tal empresa? -esto no me pilló por sorpresa
ya que iba preparado.
-Para empezar,
presumir de que España fue quien descubrió el
secreto del Triángulo como lo hizo con
las Américas. Y segundo, si el secreto
es solucionable tendrá vuestra merced
un nuevo territorio en tierra Inglesa.
-¿Para
cuando necesita vuestra merced la goleta? -no
pude evitar sonreír al oír aquello.
-Lo antes
posible.
-La tendrá en
dos semanas.
-Gracias
-y con una reverencia me retiré.
Al
salir estaba lleno de júbilo. Sin más
tardanza procedí a reunir la tripulación.
Decidí que serian antiguos camaradas de
Flandes o los veteranos de allí ya que
esos eran los verdaderos soldados, el orgullo
de España. Una semana después ya
tenía a mi tripulación: 20 veteranos
de Flandes, 10 camaradas de Nápoles y
los remeros.
Todo
estaba listo y dispuesto. Llegó el día
de salir, pero cuando estábamos dentro
del navío nos atacaron un grupo de forajidos.
Nuestra condición de veteranos nos permitió repeler
el ataque pero nos causó 5 muertes y 7
heridos. Yo no podía esperar más
para zarpar así que aunque fue un acto
temerario embarcamos ese mismo día. ¿Pero
quienes eran los que querían evitar nuestra
travesía? ¿Qué tenía
de malo?; cuando hallé respuesta os digo
que preferí que nunca hubiera sido resuelta
pero la vida no va a favor de nadie, ¡pardiez
que no!.
Durante
el trayecto tuvimos varios percances:
El
primero fue poco antes de salir cuando me di
cuenta de que había una galera que no
paraba de seguirnos y cual fue mi sorpresa cuando,
lejos de tierra, cambió su bandera por
la inglesa.
-¡Todos
a sus puestos! ¿Listos para repeler el
abordaje! ¡Que no quede ni un maldito hereje! ¡Coged
a los compatriotas y los lleváis a bordo,
a los demás que les parta un rayo! ¡Traedme
a su maldito capitán! -ya me había
quedado sin aliento y casi afónico de
tanto grito-¡Y que no os maten!
Dicho esto
todos se movilizaron y les caímos encima
a los ingleses gritando:
-¡Santiago
y cierra España, cierra!
-¡Por
España y por nuestras madres!
Cuando
les caímos encima se les puso cara de
miedo y horror, pidiendo cuartel, pero ni uno
lo tuvo excepto el capitán, me lo reservaba
para hablar unos asuntos. La mayoría de
los remeros eran españoles y los acoplamos
sustituyendo a las bajas de nuestra tripulación.
Cuando me hallé a solas con el capitán
le pregunté:
-¿Why
tu atak me? -ya se que mi inglés no era
el de Shakespeare pero era lo único que
sabía.
-I don't
go to tell you nothing. -eso sí lo entendí,
me hizo poner de los nervios y le pegué un
guantazo.
-¡Como
te atreves a decirme eso a mi! ¡Que te
ahorquen y te tiren al mar con tus amigos!
Llevado
por la ira lo mandé ahorcar.
Al
final, nos acercábamos a nuestro destino,
cuando unos piratas ingleses (cómo no)
nos atacaron. Nosotros ya no teníamos
casi provisiones así que planeé una
estratagema que además de provisiones
nos ofrecía seguridad. Cuando los piratas
nos asaltaron habíamos cogido los botes,
entrado en su barco sin que se dieran cuenta.
Una vez allí y con sigilo matamos a todos
los de a bordo mientras otros cortábamos
las cuerdas de abordaje y, cuando nos estábamos
marchando con su barco, el mar se estremeció y
oímos un gran estruendo, la explosión
de nuestro barco gracias a la pólvora
que habíamos encendido de tal manera que
explotase tardía.
Esta victoria
me llenó de júbilo y alegría.
Tres
días después vi unas islas a lo
lejos y yo temerario y prudente a la vez ordené tirar
el ancla y propusimos esto: consistía
en embarcara tres personas en un bote atado a
una cuerda, hacer que se acercara a las islas
y si el mar les tragaba, tirábamos de
la cuerda, y si no descubrían el secreto
y lo gritaban a los cuatro vientos por si algo
les evitaba volver.
Y
así se hizo. Aquella desgraciada mañana
había una niebla la cual parecía
bajada de las nubes, no veías ni el filo
de tu espada desenvainad. Tras una hora desde
que el bote con los tres tripulantes se hizo
a la mar, se oyó con voz fantasmal teñida
de miedo:
-¡Pira...!
-gritado por un amigo mío de Nápoles
aunque no acabó la palabra.
-¡Tirad
de la puerta so gandules! ¡Que no os vea
yo vaguear!
Y
cuando pude ver el bote, abrí los ojos
por sorpresa y con espanto. Lo que allí había
era horrible, no había nada. Decidimos
acercarnos con nuestro barco con la seguridad
de nuestra falsa bandera pirata. A, y ojalá no
lo hubiéramos hecho nunca pero a lo hecho
pecho y lamentarse es de cobardes y de poco español.
Pues así fue lo ocurrido durante la parte
buena de la travesía, ahora no viene la
mala sino la horrible.
Cuando
nos acercamos a las islas la niebla fue despejando
y lo que allí vimos era lo más
estremecedor que he visto nunca, no era ni comparable
con la puerta del infierno. Lo que allí había
era un puerto pirata ¡inglés!. En
ese momento entendí por qué los
ingleses no querían que fuéramos
allí, porque aquel era el centro de la
fuerza inglesa, de allí salían
todos los navíos que nos abordaban a los
españoles. Aquellos navíos que
acusábamos a los ingleses de que eran
suyos y lo negaban diciendo que eran piratas
que no tenían nada que ver con ellos.
Si
alguien llegaba a enterarse de aquello podría
acusar directamente a los ingleses y romper la
tregua falsa que nos habían hecho, los
muy herejes.
Íbamos
a virar y volver por donde habíamos venido
cuando nos gritaron:
-¡Pas
Word!
-¿Y
qué, si se puede saber es eso? -pregunté yo,
ahora ya sé qué significa.
Y entonces
se nos tiraron encima 5 pequeños navíos
muy veloces con unos veinte hombres en cada uno.
- ¡A
por ellos por España!
- ¡Santiago
y cierra España!
Ese
día nos reñimos como jabatos. El
espíritu español que llevábamos
dentro se nos apoderó y, aunque éramos
una proporción de uno contra cinco apenas
quedó ni un pirata; al igual que tampoco
quedó casi ninguno de nosotros. Nosotros
teníamos todas las de la ley (aunque las
leyes casi ninguno entendíamos) de que
nos ahorcarían, pero el capo de los piratas
que aunque inglés era honrado y, premiándonos
por nuestra valentía y destreza nos dijo
que no nos mataría pero que seríamos
sus prisioneros (para siempre claro está).
Pere
Lluís Huguet Cabot
Si
alguien recibe una carta embotellada que se la
haga llegar a la reina y que por favor venga
a salvarnos pardiez.