Un viaje
sin retorno
Un
anochecer de 1990, el capitán del barco
Sirena salió de la hermosa Tarragona a
surcar el precioso mar Mediterráneo junto
a cinco marineros.
Las mujeres
despidieron a sus maridos como tantas veces habían
hecho y con la esperanza de volverlos a ver tres
o cuatro semanas después, pero lo que
no sabían es lo que les podría
suceder.
Con
el barco cargado de suministros para poder pasar
las cuatro semanas empezaron su largo viaje hacia
algún lugar extraño e inolvidable.
Antonio,
uno de los marineros más expertos bajó a
revisar la sala de motores y de las calderas
para ver si todo estaba en orden.
Manuel
otro de los marineros estaba en la borda junto
a José revisando que los mástiles
y las velas estuvieran en perfectas condiciones.
Javier
estaba en la cabina de mandos dirigiendo el barco
y vigilando que no topara con ningún obstáculo.
Daniel
el capitán del barco estaba en su camarote
mirando el mapa por donde tenían que ir
hacia ese lugar extraño.
A
las once, Aitor, el cocinero del barco les llamó,
para que bajaran a comer y desde ese momento
les empezaron a suceder cosas muy extrañas.
Sobre
las tres de la mañana, Manuel, mientras
estaba en su camarote empezó a escuchar
pasos, pero pensó que sería José que
estaba en su turno de vigilancia. A las cuatro,
a José le tocaba descansar y a Antonio
salir a vigilar, pero sobre las cuatro y media
Antonio se desveló y a ver si sucedía
algo porque José no le había despertado
para cambiar su turno. Lo estuvo buscando por
su camarote, por la borda, por la cabina de cambios
pero no apareció por ningún lado.
Entonces,
Antonio decidió despertar a los demás
para intentar encontrar a José lo más
rápido posible, pero no había ningún
indicio de donde podía estar.
El
capitán, después de tanto buscar,
decidió llamar a la centralita desde la
emisora del barco para confirmar la desaparición
de José, pero no funcionaba y no pudo
contactar con la centralita del puerto.
Estaban
lejos de su familia y amigos y no sabían
si volverían a verlos, lo único
que sabían es que sólo quedaban
cinco.
A la noche
siguiente, decidieron que en lugar de vigilar
de uno en uno vigilarán de dos en dos
para que hubiera menos posibilidades de que desapareciera
alguien.
De
once a tres de la madrugada vigilarían
Antonio y Manuel y de tres de la madrugada a
siete de la mañana vigilarían Javier
y Aitor mientras que el capitán una vez
se fueran a descansar saldría junto a
Antonio y Manuel.
Antonio
y Manuel estuvieron vigilando tan tranquilamente
sin percance alguno e hicieron el cambio de turno
de vigilancia sin problemas.
Pasada
una semana y al ver que no había habido
ninguna desaparición más empezaron
otra vez a hacer los turnos de una persona para
así poder estar más descansados
durante el día para ver si encontraban
la isla que tanto esperaban encontrar.
Esa
noche le tocaba vigilar a Manuel de once a una
y luego le sustituiría Javier, pero ese
cambio nunca se produjo.
Manuel,
sobre las once y media, vio en la lejanía
del mar lo que le pareció la silueta de
un barco y decidió ir a la cabina de mandos
para comprobar en el radar si sobre esa zona
se encontraba algún barco pesquero.
En
la trayectoria de la proa a la cabina de mandos
vio una sombra que le asustó porque no
sabia de quién podía ser pero al
llegar a la cabina vio los restos de ropa de
alguien y un poco de sangre, él se preguntaba
de quién sería y lo primero que
hizo fue ir a comprobar si estaban todos.
Al
llegar al camarote de Javier y al ver que no
estaba, comprobaron si era la misma ropa que
llevaba ese día.
-¿Por
qué nos estará pasando esto? -
dijo Manuel.
-
Cada vez quedamos menos - dijo el capitán.
-
A partir de ahora tendremos que andar con mucho
cuidado. - dijo Antonio.
Habían
pasado dos semanas y el capitán no sabía
qué hacer. Había perdido a dos
de sus hombres y se pregunta qué había
sucedido.
El
siguiente en morir fue Manuel, a quien vieron
como algo lo arrastraba y caía al mar
como si de un pez se tratara.
-¿Por
qué Manuel y no yo? - se preguntaba Antonio,
con lo buen marinero que era y la gran familia
que le está esperando al otro lado del
Mediterráneo.
A
las tres semanas Daniel, el capitán, decidió volver
a casa con los dos únicos marineros que
le quedaban, pero lo que él no sabía
es que no sería así.
El
siguiente en fallecer fue Antonio pero no porque
nadie ni nada lo matara sino porque se volvió loco
con todo lo que estaba pasando y se suicidó colgándose
del mástil y dejándose caer. Pero
antes le escribió una carta a su mujer
y a su niña diciéndoles que
las quería mucho y que él se suicidaba
porque no podía vivir más con ese
miedo de poder morir en manos de algo que él
desconocía. Lanzó la carta en una
botella de cristal para que algún día
llegara a las orillas de la playa de Tarragona
para que su mujer y su hija la pudieran leer.
Sólo
quedaban dos tripulantes en el barco, y llevaban
ya cuatro semanas y media sin rumbo, hasta que
una noche mientras dormían un fuerte golpe
los despertó. Había mucha agua
y no sabían que hacer. Corrieran hacia
donde corrieran sólo encontraban agua,
qué vamos a hacer decían, hasta
que el capitán se acordó de la
barca salvavidas que llevaba en la cabina de
mandos.
Al llegar
dejaron que la barca se inflara y se montaron,
y vieron como su barco llamado la Sirena se hundía
para siempre en lo más profundo del mar.
Aitor
y el capitán navegaron sin rumbo y nunca
más se supo nada más de ellos.
Así, todos los marineros murieron en aquel
viaje sin vuelta y quedaron seis mujeres que
todavía esperan la vuelta de sus maridos.
FIN
Daniel
Buendia Garcia