La aventura
marina
La
playa de la Isla Rocosa es muy larga, de arena
clara y fina. El mar es casi transparente, azulado
y al final de la arena hay unas palmeras enormes.
Esa mañana la playa estaba llena de gente,
abuelos, jóvenes, niños,... Algunos
tomando tranquilamente el sol y otros bañándose
en el transparente mar. Pero cuando atardeció,
la gente se fue marchando, aún hacia sol,
y se llenó de calma. Bajo las palmeras
todavía había alguien dormido,
y en la arena una chiquilla de unos siete años,
haciendo más y más castillos de
arena con la misma ilusión que el primero.
Una niña muy morena, con el cabello oscuro
muy largo, recogido con dos largas coletas. Sus
ojos eran verdes y vistosos, iba con un bañador
de rayas rojas y rosas. Su padre estaba tumbado
tomando el sol, medio dormido.
La
niña sintió que algo de dentro
del mar la llamaba. Se levantó y fue alegremente
hacia la orilla, sus ojos empezaron a brillar
y ella cantando miraba el horizonte, su padre
se había quedado dormido. La muchacha
fue entrando al mar hasta que el agua le llegaba
hasta los hombros, se sumergió y buceó un
poco. Siempre se bañaba por el lugar donde
rompían las olas, pero ese dia nadaba
a unos metros de allí, buscaba la cosa
que la llamaba, tenía un presentimiento.
Solo se veía su larga melena sumergiéndose
y nadando alegre.
El
sol ya era bajo, cuando de repente la niña
cerró los ojos de golpe con fuerza y los
abrió poco a poco, entonces brillaban
más que siempre. Una cola de colores apareció,
salió del mar, y después el cuerpo
de una linda sirena. La niña la miró y
le saltó una lágrima, estaba emocionada,
no sabía si estaba soñando. La
sirena la sonrió, sus jugosos labios se
pegaron a la mejilla de la pequeña. Después
la niña la observó: la sirena tenía
el cabello larguísimo y rubio, los ojos
azules muy claros, extraños, y llevaba
un biquini formado por conchas. Su cola era larga
y de colores, del anaranjado al verde y al final
azulado, era preciosa.
La
niña y la sirena se dirigieron a unas
rocas donde la sirena hizo esperar a la niña.
La sirena hizo esperar a la niña y se
sumergió. Después de un rato, salió del
agua y le mostró una ostra muerta. Le
hizo una señal para que la abriera, dentro
había una hermosa perla. A la pequeña
le hizo mucha ilusión, nunca había
visto algo tan simple pero tan bonito. La sirena
le hizo entender porque le había regalado
esto. Toda persona que se tomara la vida con
ilusión, apreciando los detalles y momentos,
por pequeños que fueran, se merecía
un regalo, aunque fuera sólo un símbolo
de admiración de otra persona, como en
aquel caso. Por no rendirse al hacer un castillo
cuando se le derrumbaba, acabarlo y después
disfrutar del trabajo realizado. Porque aunque
ella fuera solo una niña, cuando creciera
aún sería mejor, así con
ese regalo nunca olvidaría esa valoración.
La
niña sonrojada y emocionada la abrazó.
Se juraron volverse a ver. La chica creció y
se dio cuenta de que siempre necesitaría
esperarla, ya que a veces dejas pasar el tiempo
y no te acurdas del mensaje de la perla.
Clara Vera
Colina